domingo, 15 de noviembre de 2009

S-21: LA MÁQUINA DE MATAR DE LOS JEMERES ROJOS


SINOPSIS

Después de la guerra de Vietnam, cuando los Estados Unidos fueron expulsados y se derrocó al régimen de Lon Nol, los Jemeres Rojos tomaron el poder de Camboya. Entre abril de 1975 y octubre de 1979, este grupo comunista manejó las riendas del país bajo el liderazgo de Pol Pot. A lo largo de esos cuatro años, el gobierno masacró a un cuarto de la población del país. No es casual que la época se conozca como el “genocidio camboyano”, y que, en la actualidad, varios de sus responsables todavía estén siendo juzgados por crímenes de lesa humanidad. La filosofía de los Jemeres Rojos era muy clara: todo aquel sospechoso de ser opositor al régimen debía ser eliminado. Por si fuera poco, este grupo veía sospechosos en todas partes y no toleraba la más mínima disidencia. Dentro de esta masacre, la prisión de seguridad S-21, una ex escuela secundaria que fue convertida en campo de exterminio, se transformó en una de las instituciones centrales del país.

FICHA TÉCNICA

Título: S-21: La máquina roja de matar

Título original: S-21, la machine de mort Khmère rouge

Dirección: Rithy Panh

País: Francia, Camboya

Año: 2003

Duración: 101 min.

Género: Documental Histórico

Reparto: Khieu 'Poev' Ches, Yeay Cheu, Nhiem Ein, Houy Him, Ta Him, Nhieb Ho, Prakk Kahn, Peng Kry, Som Meth, Chum Mey, Vann Nath, Top Pheap, Tcheam Seur, Mak Thim, Sours Thi

Productora: Arte France Cinéma, Institut National de l'Audiovisuel (INA)

Dirección: Rithy Panh

Fotografía: Prum Mesa, Rithy Panh

Guión: Rithy Panh

Montaje: Isabelle Roudy, Marie-Christine Rougerie

Música: Marc Marder

Producción ejecutiva: Aline Sasson, Liane Willemont

Sonido: Jean-François Gasnier, Myriam René, Sear Vissal



C R Í T I C A


"LA RAZÓN FANÁTICA" por Vladimir Eisenstein


En “Ágora” de Amenábar se denunciaba el terror que ejercen los iluminados religiosos que anteponen la fe a la razón. Sin embargo, paradójas de la historia, desde la revolución francesa y, sobre todo en el siglo XX, lo que hemos sufrido ha sido el terror de los iluminados por la razón, porque muchos hijos de la Ilustración también se creyeron en posesión de la verdad, científica, según ellos y no revelada, pero verdad absoluta al fin y al cabo. Eran los nuevos fanáticos. El profético título de Goya “El sueño de la razón produce monstruos” se ha cumplido con creces. Los monstruos más notorios, más cegados por la iluminación ilustrada, han sido el nazismo y el comunismo.

Es curioso que en el caso del fanatismo religioso se nos muestra con abundancia lo disparatado de su discurso, mientras que en el fanatismo político sólo se nos muestran los crímenes y el dolor infligido a las víctimas y se omite su insensata ideología. Se entiende, ya que es más fácil ridiculizar la parafernalia religiosa, sus mitos anacrónicos y burlarse de un paraíso plagado de huríes, que de un no menos utópico, pero más creíble y verosímil paraíso de un mundo sin clases, solidario y fraternal.

“S-21: La máquina de matar de los jemeres rojos” (traducción correcta del título y no la franquista con que aquí se exhibió: La máquina roja de matar) es un excelente documental en el que se aborda uno de los genocidios comunistas más delirantes: el cometido por los comunistas camboyanos entre 1975 y 1979. En cuatro años la represión del “enemigo interior” acabó con dos millones de vidas. Dos millones en una población de ocho. Stalin habría admirado la firmeza de Pol Pot.

El experimento social camboyano se inspiró en la tristemente célebre “revolución cultural” china. Se decidió ruralizar el país. Los habitantes de las ciudades eran sospechosos por el mero hecho de serlo y fueron desplazados y obligados a trabajar en el campo. Había que construir un país de campesinos. Se abolió el dinero, la religión, el arte, la cultura, el comercio, las escuelas y todo lo occidental. Se proclamó una Nueva Era: El Año Cero Camboyano. Jovencísimos guardias rojos se ocupaban del nuevo orden y la represión, que adquirió una amplitud enorme, pues no sólo se aplicaba a los “culpables”, sino a sus familiares y amistades. Las miles de personas condenadas a trabajos forzosos en el campo sufrían además la disgregación familiar para facilitar su reeducación. La consecuencia fue que Camboya se convirtió en el primer productor mundial de arroz, pero quienes lo cosechaban morían de hambre y desnutrición. El sueño de una sociedad sin clases, sin dinero corruptor, una Arcadia rural, había desembocado en un infierno con 2 millones de muertos.

S-21 fue el nombre de la prisión-centro de exterminio más importante del régimen. De los 20.000 que allí entraron sólo sobrevivieron siete. El documental de Rithy Panh se centra en este lugar. Y es elogiable, porque no sigue el trillado manual de imágenes de archivo montadas alternamente con entrevistas, sobre todo a las víctimas. En el feo escenario hoy vacío de la cárcel son sus guardianes los que nos hablan, se sienten culpables, apelan a las órdenes recibidas, al miedo a desobedecer que sentían, al adoctrinamiento, a su juventud. Son testimonios más estremecedores que los de las víctimas, porque, por desgracia, tanto sufrimiento es inefable, intransmisible. Comprendemos mejor lo que ocurrió cuando los propios carceleros nos describen minuciosamente su quehacer cotidiano, cómo torturaban, cómo redactaban los informes, sus rutinas, que nos escenifican, cuando vemos cómo rehuyen la mirada, cómo se autojustifican. No parecen sádicos ni brutales, son muchachos “normales” o lo eran antes de trabajar allí. Uno de los supervivientes, un pintor, dialoga con ellos, los interpela, apela a su humanidad, a lo que les habían enseñado sus padres, no el partido. No obtiene respuesta. Pero nos asombra la contención, la tensión muy subterránea, sin gritos, sin discusiones con la que víctima y verdugos dialogan.

Duele, duele este documental, pero es necesario verlo para saber que ha habido muchos genocidios en el siglo XX, no sólo el publicitado holocausto judío, para que los españoles tomemos conciencia de lo que ocurrió en Rusia, en China, en Camboya y en otros países comunistas en nombre de un ideal de igualdad, para que tomemos conciencia de los crímenes del comunismo que tan lejanos nos resultan.

Sólo una importante objeción: Rithy Panh apenas nos informa sobre lo que estaba ocurriendo en el país, el contexto político y los antecedentes o lo que ocurrió después. Se limita casi a describirnos el universo dantesco de esa prisión. Esto puede provocar que el espectador no informado no entienda el porqué ni para qué hacían eso. Sin conocer el entorno, ese abismo de terror resulta incomprensible.

Y una sangrante anécdota: cuando el ejército vietnamita derrocó a los jemeres rojos, estos se refugiaron en Tailandia y se convirtieron en una guerrilla financiada y armada por los Estados Unidos y conservaron su puesto en la ONU como legítimos representantes del pueblo camboyano. Ahora eran luchadores por la libertad contra el comunismo soviético-vietnamita. Sí, paradojas de la historia.



1 comentarios:

Eukeni dijo...

Lo más curioso es la conciencia de victimas de los mismísimos verdugos.
Se queda un poco pobre en imagen, es simplemente un documento oral y limitado de un determinado campo de concentración.

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